"Benito Mussolini
Verano de 1928
Encabezar a los descontentos. Este es el camino. Si no puedes sentarte en la mesa de los dominadores, de los saciados, de los señores del baquete, vete a las cocinas y solivianta a los marmitones, los camareros a quienes arrojan las sobras, azuza a la servidumbre.
Cuando, en mil novecientos diecinueve, Benito Mussolini funda los Fascios de Combate, fue el primero en intuir que, en la era de las masas, abierta de par en par frente a él como el portal de una antigua mansión en ruinas, iba a asentarse una pasión política más poderosa que la esperanza: el miedo, y aferrándose a ella, se había encaramado al poder.
En aquel entonces, en el crepúsculo de la Guerrea Mundial, supo darse cuenta de que, si el clamor socialista de las plazas en el siglo XIX había sido impulsado por la esperanza, el de la pequeña burguesía del siglo XX se varía abrumado por el miedo. Contraponiéndose a las instituciones del poder en las plazas, los militantes socialistas manifestaron sus exigencias no reconocidas, sus expectativas no cumplidas, expresando una enérgica reclamación con el fin de que sus esperanzas en el progreso, en la mejora de sus condiciones de vida, en la emancipación de los obstáculos o cadenas que lo impedían, pudieran verse por fin cumplidas. Fueron, en definitiva, plazas turbulentas, indudablemente descontentas, pero, en última instancia, confiadas, e incluso jubilosas. De sus cantos y protestas se desprendía una ferviente plegaria dirigida al porvenir. Dios del futuro, haz que la vida de mi hijo sea mejor que la mía.
Pero con el nuevo siglo, la esperanza había quedado suplantada por el miedo. Y junto a éste, por el desánimo, la desesperación, el desconcierto, la sensación de derrota, de haber sido traicionados, de degradación, hasta llegar al hastío, al resentimiento, a la rabia vengativa. De repente, en las plazas ya no solo había hombres y mujeres que invocaban transformaciones históricas y políticas, sino también otros que las temían, empezando precisamente por esa revolución socialista en la que tantas esperanzas se habían depositado durante mucho tiempo. Después de la Gran Guerra, millones de italianos dejaron de confiar en el cambio y empezaron a sentirse amenazados por él. El canto de las plazas se ahogó en un grio. Un grito que dejo de suplicar al futuro que viniera por fin a redimir al presente, para conminarlo a que no llegara a cobrar forma. Ya no una plegaria, sino un conjuro.
Ahora, ni diez años después siguiera, a pesar de que su estrella personal brille como en el cielo de la política y no solo de la nacional, y aunque el verano ya esté a las puertas, el Duce del fascismo decide apostar de nuevo por el largo, rígido invierno del descontento. Esta vez, sin embargo, su horizonte ya no abarca solo Italia, sino Europa entera. Y, tal vez, quién sabe, el mundo."