“-¿Qué pasa, señora Concha?
-Ella también es una camarada, y una buena, solo que no lo sabe. Y algún día va a ser mucho más útil que yo, que nunca me entero de lo que pasa -interrumpe Carmen. Pero Concha no desperdicia su oportunidad.
-Perdone, mi comandante- Él sonríe por el apelativo militar-, ¿no quiere preguntar a esta señora camarada si no es mejor para las mujeres que estudien mucho? ¿Y que no necesiten un hombre para ser algo?
Concha se asusta de sí misma. Cree haber dicho algo escandaloso. Pero Agustín le da ánimos con un gesto de cabeza y traduce la pregunta literalmente. Está tan harto de mujeres que se pegan a uno y de sus ansias de posesión que decide conscientemente romper con la tradición de su propia educación.
Anita echa una mirada rápida a su alrededor. Ve a una mujer flaca, pálida, con peinado sencillo y ojos vivos y marrones, de labios enérgico sin pintar y rasgos duros. En el movimiento obrero alemán ya ha visto a algunas mujeres así. Le bien a la cabeza la famosa frase de la Biblia: «Son la sal de la tierra». Pero ¿cómo va a hablar con ella sin recurrir a la mediación de ese hombre?. Lo intenta:
-Muy bien. La mujer es la compañera del hombre -¿Es que no puedo decir más que este tópico?, se reprocha-. Estudios, no, educación y cultura está bien. Carácter y pensamiento -Agustín tiene que traducirlo rápidamente-, no, pensar por una misma es más importante. Tú lo tienes. -Estas últimas palabras también se las ha tenido que soplar Agustín. Anita añade-: Es lo que veo, camarada.
Es un pequeño discurso solemne. Sonaría ridículo o al menos exagerado si no se notara claramente que Anita tiene que buscar cada palabra en español y la que encuentra, le dice con total sinceridad. Carmen está radiante. Concha se pone muy colorada e intenta dar las gracias. Pero está demasiado emocionada para poder decir algo. Agustín está orgulloso de Anita, de Concha y de su niña. La cocinera le pone otra taza de café a Anita.”