La conciencia de clase obrera se puede desactivar de muchas maneras. La clásica y más antigua es con mano dura policial. Otra, muchísimo más sutil y novedosa, es neutralizar la disidencia precisamente promoviendo el odio al que menos tiene y el pánico a admitir carencias. Si la deriva conservadora ha ido estigmatizando a los pobres, al mismo tiempo ha ido glorificando a los ricos, para los que el Estado, lo público, no sirve para nada. En un contexto así, aparentar pertenecer a una clase acomodada y apoyar las mismas ideas que aquellos que lo tienen todo resuelto (una de esas ideas puede ser por ejemplo odiar los impuestos progresivos) se ha transformado para mucha gente en un mecanismo de supervivencia casi supersticioso: como si de alguna manera defender las prioridades y símbolos de los que tienen dinero fuese a generarlo para uno mismo. Y para apoyar esos mecanismos han surgido industrias específicamente concebidas para aparentar progresión social. No es casualidad que uno de los tres hombres más ricos del mundo, Bernard Arnault, el presidente del holding de lujo LVMH, se dedique a fabricar bolsos, ropa y perfumes que, paradójicamente, van dirigidos en primer lugar a las clases medias. Lo que nos lleva a otra de las formas que tiene «el sistema» (¿qué es el sistema?) de desactivar el orgullo de clase trabajadora: convertir sus símbolos (por ejemplo, los petos de los trabajadores del rust belt como los que se pone Diego Ibáñez para pasear por Malasaña) en fetiches de moda.
La profunda confusión que existe entre los ciudadanos sobre la propia identidad socioeconómica resulta de gran provecho para todo el espectro de las derechas: Isabel Díaz Ayuso menciona con frecuencia los orígenes «trabajadores» de su familia mientras presume de odiar lo público y promueve políticas ultraliberales que necesariamente perjudican a los que no pertenecen a la clase alta; Santiago Abascal reivindica a la «España que madruga» mientras que él mismo jamás ha trabajado fuera de la política.
Por otro lado, los pijos que de verdad tienen dinero, como Cayetano de Alba, se hacen los tontos con respecto a su propia fortuna y juegan al despiste con su patrimonio inmobiliario porque, conmo explica el periodista, editor de moda, intelectural, sabio, showman y amigo Marc Giró en un fabuloso libro llamado Pijos, saben que esa palabra, «fortuna», alberga par ellos toda la polisemia posible. Tienen fortuna, en el sentido patrimonial, pero también en el sentido supersticioso, el de la suerte. Una suerte que, al depender del azar, en el fondo saben que quizá no merecen del todo. Y por eso, como explica Giró, viven con un entorno e inconfesable remordimiento de conciencia.
AL mismo tiempo, los políticos de la nueva izquierda, que supuestamente no deberían ser pijos, se ven atrapados en un bucle melancólico por el que los adversarios de la derecha les acusan de serlo por disfrutar de las mismas cosas que ellos (por ejemplo, buenos coches) y no negarse a las ventajas de una economía que deslocaliza la explotación (un iPhone diseñado en California pero fabricado en China). No solo eso. Dentro de la propia izquierda se produce una paradoja: los que no representan el «orgullo d ela clase obrera» con el estilo de vida que supuestamente les pertenece (llevar los mofletes tiznados de hollín o vivir en poblados sindicales) son castigados desde sus propis filas con el estigma de la pijería. Por eso hay comunistgas que no le perdonan a Manuela Carmena que viva en una zona residencial de clase alta al norte de Madrid. Por eso Alfonso Guerra dijo hace poco que Yolanda Díaz es «Melenchon vestida de Christian Dior».
Los que invalidan a la gente de izquierdas por «vivir bien» parecen olvidarse de que el motor de la lucha proletaria fue precisamente que todo el mundo gozase de privilegios que pertenecían a unos pocos.